La historia detrás de Tarot Amanecer
Betsaida García
Nací una noche de luna nueva, un 4 de agosto, en pleno invierno chileno. Soy la hija menor de una Llama Gemela, conexión número 7, y también fui concebida durante una luna nueva, por recomendación de una de mis abuelitas, quien decía que, para que naciera mujer, debía ser concebida bajo esa fase lunar. Ella tenía una profunda conexión con seres mágicos y poseía increíbles capacidades psíquicas.
Desde muy pequeña he tenido una manera diferente de observar la vida. Siempre me atrajeron los misterios de la Tierra, el mundo espiritual y aquello que no podemos percibir únicamente con los sentidos físicos. También he sentido una profunda conexión con los animales, el mundo vegetal y el mar, donde encuentro refugio, sanación y una forma de regresar a mí misma.
Desde niña estuve en contacto con personas enfermas. Quizás por ello nunca quise seguir el camino de la medicina como mi padre, porque percibía la infelicidad que vivían quienes estaban físicamente enfermos. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención era el inmenso cariño con que mi padre atendía a sus pacientes. Con el tiempo comprendí que ese cariño también sanaba, pero solo pude reconocerlo después, cuando yo misma tuve que sanar emocionalmente.
Comencé a acercarme a las cartas durante mi infancia. Alrededor de los doce años me atreví a realizar una lectura a una de mis amigas del colegio y percibí una situación que, en ese momento, nadie imaginaba. Mi mensaje fue recibido con críticas y burlas, y aprendí a callar para no sentirme diferente ni quedar apartada. Tiempo después, cuando aquello se manifestó, me buscaron para decirme que lo que había visto era cierto. Sin embargo, aquella experiencia me enseñó algo que hoy continúa siendo fundamental en mi trabajo: No todas las personas están preparadas para escuchar determinados mensajes y cada lectura debe entregarse con sensibilidad, respeto y consciencia.
La pérdida de mi padre cuando tenía quince años despertó en mí nuevas preguntas sobre la muerte y la continuidad del alma. Desde entonces he sentido su presencia y su apoyo en algunos de los momentos más importantes de mi vida. Mi sensibilidad espiritual nunca fue algo que quisiera rechazar: desde niña podía asustarme un poco, pero al mismo tiempo me fascinaba. Dentro de mi familia estas experiencias eran algo común y se vivían con naturalidad; sin embargo, comprendí que podían provocar temor, rechazo, burla o incomprensión. La presencia de mi padre me acompaña hasta el día de hoy y forma parte de mis guías espirituales, junto con Chaski —nombre que en quechua significa «mensajero»—, uno de mis perritos que me acompaña en espíritu.

A lo largo de mi vida también he vivido varios accidentes automovilísticos de los que, pese a su gravedad, salí ilesa. Estas experiencias fortalecieron en mí la certeza íntima de que existe una presencia protectora que me acompaña. En una ocasión, después de sufrir un accidente en motocicleta y salir de debajo de un automóvil, una mujer se acercó a mí en el hospital. Sus palabras me tranquilizaron y me ayudaron a salir del estado de shock en el que me encontraba. Más tarde pregunté por ella, pero me dijeron que nadie había estado esperando afuera y que no conocían a la mujer que yo describía. Para mí, aquel encuentro fue una manifestación de ese ángel o presencia espiritual que me ha protegido en distintos momentos de mi vida.
Años después, una profunda crisis afectiva —vinculada a una relación de Llama Gemela— desencadenó un gran despertar espiritual. La necesidad de sanar mi corazón me llevó a estudiar y practicar diferentes conocimientos místicos, siendo el Tarot y la Numerología las ciencias espirituales que más han despertado mi tercer ojo y me han permitido comprender con mayor profundidad aquello que estaba viviendo.
Esta conexión con el mundo vegetal y la naturaleza, heredada de mis antepasados en esta vida —por una parte diaguitas y por otra quechuas—, me llevó a estudiar Agronomía y a titularme como Ingeniera Agrónoma. El inmenso potencial sanador de las plantas ya formaba parte de mi historia familiar: mi abuelita, mi tía y mi madre las utilizaban para aliviar y tratar distintas enfermedades. En Agronomía estudié botánica, geología y los diferentes tipos de suelos, entre otras materias. Más allá de conocer su fisiología, comprendí que las plantas, los suelos y las rocas conforman un sistema vivo y profundamente interrelacionado. Reconocer la energía que las rocas despliegan a través de sus minerales despertó en mí el deseo de comunicarme con ellas y de comprender cómo cada elemento influye en el equilibrio del conjunto. Fue allí donde despertó en mí la conciencia de la inmensa responsabilidad que implica habitar la Tierra —Gaia, la Pachamama— y de cuánto podemos aportar a su bienestar energético. De esta conexión nace también «El pulso de la Tierra», una de las lecturas que realizo. Esta mirada me permitió establecer una analogía con las personas: así como ciertas plantas solo prosperan en determinados ambientes, nuestros vínculos y procesos también pueden enriquecerse o perecer cuando no consideramos de manera integral todos los elementos que los sostienen. Así comprendí también la eficacia de las terapias florales y que su acción puede ser aún más profunda y precisa cuando se personaliza mediante la astrología, atendiendo a la naturaleza y al proceso particular de cada persona. Esta comprensión despertó en mí el deseo de estudiar terapia floral con base astrológica, formación que actualmente me encuentro realizando y que pronto podré poner a disposición de mis clientes.
Con el tiempo sentí que todo lo aprendido no debía quedarse solamente en mí. Nació entonces la necesidad de compartir mi experiencia y acompañar a otras personas en sus propios procesos. Así surgió Tarot Amanecer: Como un espacio de autoconocimiento, sanación emocional y conexión espiritual, creado para ayudarte a escuchar tu guía interior y recordar la luz que también habita en ti.

